México.- En un giro que parece extraído más de un guion televisivo que de la vida parlamentaria, el diputado de Morena, Sergio Mayer, solicitó licencia por tiempo indefinido para abandonar su escaño y participar en un programa de telerrealidad. Sí, un legislador federal cambiando el pleno por el encierro mediático.
La solicitud fue aprobada este martes por el Pleno del Palacio Legislativo de San Lázaro —sede de la Cámara de Diputados— con efectos a partir del 17 de febrero, separándolo temporalmente de sus funciones públicas. La escena, por sí sola, ya resultaba desconcertante: un permiso legislativo no para atender una crisis de Estado, ni por motivos de salud, ni por una misión diplomática, sino para ingresar a un espectáculo televisivo.
Horas más tarde, la sorpresa se convirtió en confirmación. Mayer fue presentado como “habitante sorpresa” de la sexta edición de La Casa de los Famosos, programa transmitido por Telemundo, donde celebridades conviven aisladas bajo vigilancia permanente de cámaras.
El propio legislador —también actor y figura mediática— celebró su entrada en redes sociales con tono festivo: “¿Se esperaban mi entrada a #LCDLF6? Acompáñenme en esta aventura”.
La pregunta inevitable no es si se lo esperaban los seguidores del reality, sino si lo esperaban los votantes que lo eligieron para legislar.
El episodio deja una imagen difícil de ignorar: mientras el país enfrenta desafíos en seguridad, economía y gobernabilidad, uno de sus representantes populares opta por abandonar temporalmente su cargo para competir por audiencia, polémica y popularidad en horario estelar. La política convertida en espectáculo… o quizá el espectáculo devorando a la política.
No es la primera vez que Mayer navega entre ambos mundos, pero sí una de las pocas ocasiones en que la transición ocurre con aval institucional y en pleno ejercicio del cargo.
En tiempos donde la confianza ciudadana en la clase política ya es frágil, la escena resulta, cuando menos, desconcertante —y para muchos, francamente indignante. Porque al final, la pregunta persiste: ¿representación popular o casting permanente?





